Llamar la atención.

En su columna del domingo Irma Ramírez escribe esto en clara referencia a lo que sucedió hace seis años y el equipo de comunicación que asumió en ese entonces la administración de Comunicación Social del gobierno de Chiapas:

El Silencio, Una Voz

Como nunca antes, el silencio institucional se transformó en una voz autorizada y en un sistema de control para los medios de comunicación en Chiapas, porque pasamos de la abrumadora producción de boletines, del avasallamiento de los espacios de radio y televisión, a una discrecionalidad que imponía criterios.

Al comienzo, la expectativa estaba puesta sobre un grupo de “muchachitos” que ocuparon los espacios relevantes de la comunicación estatal -quizás ya sobre el primer o segundo año, porque con Muna Dora Buchaín, al comienzo, otra cosa era el asunto- y sobre todo, por la cabeza de ese grupo que prefirió enmudecer a dar las explicaciones que la sociedad y los periodistas exigían y tenían derecho.

A esa camada de “muchachitos” llegó otra camada imberbe de “muchachitas” que hoy son más divas que los primeros, engreídas y sobre expuestas a la fama de los medios, que piensan que sin ellas, la comunicación ya no avanza y el gobierno ya no funciona.

Todos están cortados con la misma tijera de la inexperiencia, perdieron el rumbo una vez que llegaron. Como regularmente se dice de quienes son novatos para toda la vida: le agarraron sabor al hueso y ahora creen que es para siempre.

De verdad que tiene un gran paquete el nuevo gobernador, para poder poner a personas con capacidad dentro de su gabinete, para no tener gente sin criterio ni acción de decisión.

Y ese es realmente el deseo de todos quienes construimos todos los días, con un granito de arena, esa enorme pared que nos refleja como sociedad que se llama opinión pública: que ya no sea más de lo mismo, que tengamos interlocución permanente, que exista respeto, real y tangible, en doble vía. Necesitamos todos, medios y gobierno, voceros y periodistas, elevar el nivel de la relación porque los chiapanecos lo merecen y, sobre todo, porque el profesionalismo ha llegado para quedarse y todos, todos, nos estamos marginando de esos avances.

A tanto tiempo, la mayoría de los que conformamos ese equipo ya ni siquiera trabajamos con Pablo Salazar, sobra el comentario, más bien creo que hay otras maneras de llamar la atención o de pedir chamba.

Pues ahi.