La noche de la furia

Nos vimos a las caras, el gesto seco de asombro poco frecuente en Fermín, escuchamos el golpe sordo en la banqueta, casi enfrente a donde, la noche del sábado, platicabamos Isaín, Ángeles, mi esposa Jeanett  y yo. Un vándalo lanzó una pesada piedra en el cristal trasero-derecho del Corsa verde hierba de Fermín y se llevó la cámara digital que estaba en el asiento, salimos a la calle y vimos los cristales regados en el piso, escuchamos el apurado correr de alguien calle arriba, no alcanzamos a verlo, sólo lo escuchamos, claro, no pudimos hacer nada.

Isaín me hizo una seña, yo me subí al coche y arranqué en reversa para intentar llegar a la esquina en sentido contrario donde sospechamos habría tomado la dirección el vándalo, Ellos, (Fermín y chaino) se subieron a la camioneta a rodear la calle, recorrimos con los dos autos la periferia de la colonia, cierto, vimos muchos individuos agrupados a esa hora (8:20 de la noche) en un parque marginal en el rumbo de la colonia el Isste, sólo me resultó sospechoso uno de ellos con paso tambaleante, me acerqué a él y me di cuenta que llevaba en su mano una bolsa de cemento, pensé que era el responsable, tuve que cambiar de idea al percatarme que en verdad el joven no podía sostenerse en pie por mucho tiempo, además caminaba en dirección a la calle en donde nos habían roto el cristal, sólo le hice una seña y él me respondió ofreciéndome su chemo, no hubiera podido correr tan rápido y luego detenerse para regresar a la calle donde estabamos.

Mis compañeros también se toparon con el chemito y pensaron lo mismo que yo, Isaín todavía con la adrenalina a cien estuvo a punto de abordarlo, Fermín lo detuvo argumentando que si fuera el culpable seguramente estaría huyendo del lugar y no acercándose, desde el descubrimiento del cristal estallado Ángeles había llamado a la patrulla, transcurrieron 25 minutos y luego volvimos un poco más tranquilos, platicamos con el vigilante, él nos dio la seña del fugitivo, un adolescente, medianamente alto, vestido con pantalón oscuro y una sudadera del mismo color que se perdió en un laberinto de calles peatonales intermedias que interconectan la colonia con sus vecinas a un parque comunitario que en el corazón de la suburbia y la oscuridad tiene el aspecto de una grieta en el mapa, como una herida en el que se reúnen jóvenes a tomar a pico de botella caguamas, parejas besarse sin escrúpulos y niños de la calle departir su miseria con otros seres de la noche.

Todavía tuvimos el vigor de dejar los autos y recorrer a medias ese submundo ubicado a tan solo una cuantas calles del lugar donde nos hemos reunido en común albedrío por tanto tiempo, no era muy tarde pero el paisaje había cambiado en unos metros.

Atando cabos, con la mente fría, no quisimos ni pensar que estos fueran hechos dirigidos porque han ocurrido exactamente frente a la casa de mi amigo chaino que no es otro más que Isaín Mandujano, corresponsal de Proceso que vive junto a su compañera Ángeles Mariscal también corresponsal de La Jornada, ambos periodistas valientes son del tipo que hacen sentir incómodos a la gente del poder que tiene para sentirse incómodos con la práctica del periodismo valiente y de denuncia, aunque igual no se descarta que estos actos de vandalismos tengan dedicatoria puesto que en la calle donde fueron los hechos habían al menos cuatro autos más estacionados y únicamente fueron agredidos los nuestros. ¿Casualidad? Tal vez.

Revisando rigurosos descubrimos que además del coche de Fermín, el Áltima de Isaín estaba estallado, un pequeño orificio del tamaño de un balín había estrellado la ventana completa, mi carro también presentaba señales de violencia, sobre la ventana trasera se podía ver una mancha blancuzca de caliche y sobre el cristal un rayón, deducimos que el vándalo lanzó un proyectil blando que se deshizo ante la dureza del cristal, gracias a eso no nos llevamos más daños, los tres vehículos fueron golpeados, yo tuve más suerte, que mis compañeros.

Ya ven basta sólo un pequeño roce, una piedra en el cristal de nuestra fragilidad para que el equilibrio se rompa, el lado del listón rosa torció su equilibrio y nos mostró parte oculta de la noche. No pudimos hacer más, fuimos caminando a buscar al agresor, regresamos, sin ningún rastro de la cámara robada ni del delincuente.

Transcurrió una hora, luego dos, ya saben.

LA POLICÍA NUNCA LLEGÓ.

Dicen los que dicen saber que Chiapas es un estado libre de delincuencia, un Chiapas aún más seguro, lo cierto es que la crisis esa que se dicen que ya está (aunque para las ventas nocturnas la crisis es un mito)  nos pondrá en una dinámica de descomposición que requerirá atención especial, en unos meses Chiapas dejará de ser ese modelo imaginario y mítico de paraíso de seguridad que las autoridades dicen que es y se tendrá que enfrentar, no al crimen preconcebido, o tal vez además de, se entiende, que lo que viene es algo más lleno, es una la crisis que traerá (lo dice la historia), desempleo, miseria, delincuencia, ingobernabilidad, inestabilidad y muerte.

Ya viene. ¿Estamos preparados para enfrentarlo?  Yo creo que no. Si no hay capacidad para atender una simple llamada de auxilio en una colonia céntrica, ¿Cómo le harán esos policías que nunca llegaron a nuestro auxilio cuando los que pidan auxilio sean decenas de ciudadanos al mismo tiempo? Nada, no harán nada, Nunca hacen nada.

Qué nos extraña.

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