La Maldad y el Cronopio

Hace quince años, cada libro que caía en mis manos era devorado por las ciegas ansias de leer, tampoco era que fuera muy culto o que me sintiera tocado por el dedo de Dios, era que me gustaba y como tampoco tenía mucho dinero ocupaba lo poco que me llegaba para comprar cuanto libro usado o barato estaba a mi alcance, también estaba abierto a la donación de propios y extraños, por eso acepté el regalo del papá de un amigo que, conociendo mi afición por la literatura me regaló dos libros de segunda mano, uno de ellos fue el Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez (una edición de lujo con pasta dura verde que todavía conservo como un tesoro) y el pequeño librito “La vuelta al día en 80 mundos” de Julio Cortázar.

Ya en la etapa de universitario y aspirante a periodista, publiqué en la desaparecida revista “Este Sur”, ―cuya sección cultural coordinaba Héctor Cortez Mandujano―, un artículo inspirado en uno de los textos de este último libro, el artículo que se perdió en el tiempo, se refería a los hapennings o performances que estaban de moda en mi facultad (en serio, mucho de el “aquello” cultural sobrevive a lo snob que tanto combate), algo podría recordar de aquellas líneas, “Happenings, performances o simplemente catarsis “, y era precisamente que estas instalaciones teatrales tenían el objetivo claro de mover la conciencia de quienes lo presenciaban.

Eso era precisamente lo que me había movido a escribir el artículo, la lectura de Cortázar describiendo al compás unos dedos recorriendo el piano de Thelonius Monk, o de las miles de maneras en las que su mente traducía dos minutos en la música de Louis Armstrong, pasando por su vía para llegar a Lezama Lima.

Otro relato de este pequeño librito dibuja una tarde en París, cuando el autor, viajando en el metro se encontró con la maldad, la sintió, la vio colocarse detrás y él corrió en sentido contrario, nunca llegaría a saber qué ocurriría en caso de no haber huído, Julio escribió que fue su cuerpo que había percibido la maldad (aquello que está mejor definido por la palabra evil) como una forma de energía obscena y fría, le había rosado los brazos en el tumulto, debió haber sido una sensación terrible.

Algo de esto puedo decir que me sucedió hace unos días luego de salir del periódico en un semáforo en rojo rumbo a mi casa, ―a la 1 de la madrugada―, una sombra que surgió de algún lugar fuera de mis ojos, apareció de pronto muy cerca de mi lado en la ventana del chofer, me sobresalté y cerré los cristales a penas a tiempo para ver la persona que pasó frente a mí sin inmutarse.

El semáforo en stop, la calle desierta, evité lanzarme antes del verde, a cambio esperé mientras respiraba profundo, era casi un niño que caminaba como un zombie, atravesando la calle de esquina a esquina, afortunadamente ningún coche cruzó el verde del semáforo, lo hubiera arrollado.

Se clavó en mi cabeza la imagen de Julio en el metro de París, sentí la maldad tocar mi espina dorsal, otras veces me habría visitado pero era distinta, hace una semana alguien entró a mi casa mientras la nana de mi hijo se bañaba en el cuarto de servicio, se robaron algunas pertenencias y las joyas de mi esposa, entonces recorrí el espacio violado a la intimidad de mi familia, respiré en los cuartos tratando de dar con alguna sensación que me revelara los pasos del furtivo ladrón, no pasó nada entonces, no sentí la maldad como aquella noche en el semáforo en rojo.

En el momento pensé en el relato de Julio, evité quejarme por la inseguridad que a todos nos ha golpeado ―a pesar del slogan del Chiapas todavía más seguro―, el robo a mi casa, (aunque denuncié y nada), el estado de psicosis, y nada.

Que bueno que tengo el referente del relato de Cortázar, peor hubiera sido si en vez de eso, por mi mente hubieran recorrido las cifras diarias y las fotos de la contraportada de los diarios amarillos, hubiera sido muy malo.

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