El amor en los tiempos del AH1N1

Son muchas las razones por las que debemos tomar conciencia de que la aparición del virus A/H1N1 es un evento único que cambiará nuestra vida y que algunos comportamientos, a partir de ahora, deberán ser modificados.

Hace unos días escuché en la televisión a una persona preguntar si, después de esta contingencia, habría que dejar de saludar de beso y el médico respondió que, seguramente, luego que esto pase todo volvería a la normalidad. Lo que no explicó es hasta cuándo, en realidad, pasará la contingencia o dejaríamos de tener cuidado para no adquirir el virus.

De acuerdo a los epidemiólogos, la actual contingencia representa el claro de una guerra en contra de un enemigo desconocido. Miles de posibilidades acechan tras el virus entre mutaciones, oleadas de resurgimiento temporales o una reconfiguración que podría volverlo más letal o inofensivo. Lo cierto es que, sin afán de ser fatalistas, la única solución es la prevención y, si para prevenir necesitamos modificar nuestras conductas, ya deberíamos pensar en cómo arreglarnos la vida sin saludos de mano o besos en la mejilla.

Y esto, únicamente para ser prácticos. Según el cubano Roberto Capote Mir, académico de la Universidad Autónoma de Chiapas y experto en el tema, el tiempo que la comunidad científica requiere para tener en claro algunos aspectos complejos del virus -como su conglomerado molecular o sus formas de comportamiento- es de al menos tres años; tal vez en un lapso más corto tengamos una vacuna. Aún así, el AH1N1 y los virus de su cepa se han distinguido por tener características mutantes; es decir, que bien se podría desarrollar una vacuna que en caso de que el virus mute sería totalmente inútil. En esta circunstancia todo tendría que empezar de nuevo.

El referente histórico al que nos enfrentamos -por ser el horizonte más cercano- es la epidemia de gripa o influenza española que azotó a la humanidad en 1918. Según datos de la época, esta epidemia logró enfermar al 20 por ciento de la población mundial y provocó la muerte de entre 50 y 100 millones de personas en el orbe. Lo desalentador del asunto es que el aprendizaje que nos aporta la pandemia de 1918 no deja de ser traumático.

La gran pandemia de gripe, como fue llamada, tuvo un comportamiento que, analizado hoy día, nos dibuja un panorama desalentador. Según las estadísticas de entonces, el virus de la influenza española tuvo tres oleadas, de las cuales la primera fue la más benigna; la segunda, que coincidió con el invierno, fue la más mortal y la última prácticamente fue controlada.

Si ubicamos estos datos a nuestra inmediata realidad, los días que acabamos de vivir representan la primera oleada, que fue la menos fatal en la gran pandemia de gripe en el 18, es decir, lo que falta por llegar tendría que ser lo peor.

Claro que las circunstancias de entonces eran completamente distintas a las de hoy día: la gripe española coincidió con una etapa difícil para el mundo y los avances científicos de entonces igual eran muy limitados, ni siquiera se conocía la existencia de los virus, por lo que estaríamos ante un panorama previsto desde hace tiempo: hasta podíamos decir que la comunidad científica ha esperado el regreso de los virus y la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya tiene preparado el camino para librar el paso con las menos muertes posibles.

Lo complicado del asunto es que hemos basado nuestras estrategias siguiendo el patrón de un virus que esperemos sea parecido al nuevo que nos ataca, y todavía es más complicado porque, a decir de los expertos, este virus -al ser uno completamente nuevo- bien podría traernos sorpresas desagradables.

No, no podemos decir que nos ha tomado desprevenidos, tenemos lo necesario para salir adelante pero es cierto que para que esto suceda -tal y como lo planeamos- necesitamos aplicar criterios o ser conscientes de lo que tenemos que cambiar o dejar de hacer para librarnos; es decir, no es tan fácil como parece. Es un hecho demostrado que, como humanidad, lo que menos nos preocupa es la salud colectiva y el respeto por nuestro entorno.

A los que se imaginan que esto durará sólo algunas semanas y todo volverá a la normalidad cualquier día menos pensado, hay malas noticias: hay que empezar a acostumbrarnos a vivir con el virus y a pensar en cambiar algunas actitudes en nuestro comportamiento social, esto no únicamente tiene que ver con un saludo de mano o un beso en la mejilla.

Es por eso que, aunque las autoridades quieran bajar la guardia o entrever que la contingencia ha pasado, la verdadera responsabilidad de nuestro cambio de actitud corresponde a cada uno de nosotros, claro que igual debería importarnos a nivel colectivo pero ubicarnos en la unidad es también empezar a adquirir conciencia, defender nuestra propia salud, la de nuestra familia y la de nuestra comunidad.

Parece fácil pero no lo es, ahora más que nunca lo que menos construye es enfrascarnos en complots o en rumores faltos de fundamentos, hasta ahora la pesadilla de la pandemia ha sido más benigna de lo que hubiéramos imaginado. Ojalá siga así pero debemos recordar que la historia siempre nos dice que la tendencia es a que empeore. ¿Estamos preparados?

Twitter: http://www.twitter.com/rriostrujillo

Correo electrónico: rriostrujillo@gmail.com

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