La frontera invisible

Fluye en frontera mercancía y virus
Reforma/Daniela Rea / Enviada (27 julio 2009).-
Mientras las autoridades migratorias buscan en el sistema el promedio diario de flujo por este lugar, debajo de su oficina y enfrente de ellos han pasado sin ser contadas decenas de personas, verduras, ropa, cobijas, e incluso armas.

Aquí, en el Río Suchiate, la frontera es invisible. Existe sólo en el cambio de moneda o en el nombre de la cerveza que se bebe para calmar el calor. Y, si es posible que cada día crucen alrededor de mil personas sin documentarse (más los mil en promedio documentados), cientos de kilos de alimento y mercancías y hasta armas, todo tan visible, qué esperar de los virus.

Debajo de los agentes migratorios, hombres semidesnudos cruzan el río cargando en sus espaldas costales de frutas, verduras y mercancía sin documentar, para evitar impuestos, como unas hormiguitas apoyadas en un bastón para evitar que la corriente se los lleve.

Enfrente de sus oficinas, por el puente fronterizo, otros más cruzan a pie o en carro. Como los muchachos de la camioneta lobo negra, con truenos pintados en sus costados y placas de Guatemala, que a unos cuantos metros del registro migratorio bajaron dos armas -un rifle y una pistola– las envolvieron en bolsas de plástico negras y se las dieron a unos jóvenes que se fueron hacia el río.

Esta es una frontera invisible. Y ese, un virus invisible.

Walter Caso es el responsable de la Organización Internacional Regional de Sanidad Agropecuaria. Su oficina es un pequeño módulo que fumiga en promedio 120 autos diarios que viajan de México a Guatemala.

Aunque tiene rótulos de la influenza porcina –ni siquiera han actualizado el nombre del virus– y de cómo se verían los marranos si estuvieran contagiados, los químicos pestilentes que arroja sólo matan langosta voladora y de palmera, cochinilla rosada y escarabajo de cuernos largos.

Guatemala hace frontera con el país donde se dio a conocer el virus de la influenza humana, el que puso en alerta al mundo entero y que después sufrió discriminación por ello. El país del cual científicos no entendían cómo aquí causaba muertes en mayor proporción que en otros: México.

“Estamos pegados al País que más casos tiene; deberían nuestras autoridades de sanidad tener más restricciones”, dice Caso.

A unos cuantos metros, junto al módulo migratorio, hay un minirregistro de enfermos. Una carpa improvisada que parece más bien escondida, sin ningún letrero que la señale como filtro sanitario. Después de 40 minutos, la responsable que salió a comer regresa.

Dice que en tres meses ha registrado a cientos de personas y, “gracias a dios”, todos van sanos, salvo algunos que cruzan con gripa. El virus invisible.

Ya en la parte de México, las autoridades de Sagarpa explican que los sábados descansa el virus y el filtro sanitario. “¿Cómo vamos a creer que existe si no se ve que les importe el control?”, dice el fumigador en su papel de ciudadano de a pie, ese que desconfía de las autoridades.

Mientras fumiga la camioneta negra guatemalteca con truenos pintados en sus costados, los jóvenes salen del río con las bolsas negras donde cargaron las armas y aguardan a que la troca cruce. Junto a ellos, decenas de personas y mercancías han pasado sin ser contados. Esta es la frontera invisible.

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