Rescatar nuestras instituciones de la cultura de la corrupción quizá sea el camino

Los ciudadanos debemos rescatar nuestras instituciones.

Muchos años después de esa gran revuelta popular gestada en los primeros años del siglo XX que en México conocemos como “Revolución” y los grandes cambios que trajo consigo podemos medir las fronteras y asomarnos un poco a las lecciones que nos puede brindar la historia.

El comportamiento de los sectores que entramados en ese tejido ciudadano que hoy representa la sociedad mexicana, es básicamente producto de lo que sucedió muchos años después de la Revolución, la fundación de una casta de mexicanos con cierto poder adquisitivo y ejercicio de poderes fácticos que autonombrados ”revolucionarios” y herederos de aquel gran movimiento reclamaron su lugar en la historia.

En concreto nos referimos a lo que después conoceríamos como el génesis del PRI y una de las etapas más estudiadas como modelo paradigmático de ejercicio del poder en América Latina. Aquel régimen fundamentado en un partido hegemónico y un peculiar estilo de democracia que por casi 70 años gobernó México todavía tiene mucho que decirnos.

La primera gran reflexión que no podemos eludir es que aquella afirmación que el presidente Enrique Peña Nieto sostuviera hace unos meses respecto a que la corrupción es un asunto de orden cultural no puede ser más acertada, Peña Nieto quien no se ha distinguido por sus atinadas respuestas en esta ocasión tiene toda la razón.

No obstante, si buscamos estos rasgos en la historia nos encontraremos que nuestros antepasados poco tenían que ver con una cultura de corrupción, al contrario los altos valores de nuestros pueblos antes de la conquista española hablan de un carácter en el que el honor y la dignidad tenían una gran importancia.

Ciertamente la cultura de la corrupción está ensanchada a la mexicana pero esta tradición de corruptelas coincide con el nacimiento del partido que fundó Elías Calles una cultura que por siete décadas fue alimentada y naturalizada por el poder, a estas alturas es fácil deducir que si la corrupción forma parte de estas prácticas relacionadas a la permanencia de un partido el responsable de alimentarla e insertarla en el ser mexicano ha sido el mismo que después de 12 años de desencanto panista ha vuelto a la presidencia.

La diferencia entre la sociedad sometida al influjo de los pocos medios entre ellos los masificadores unidos en un sólo bloque: Televisa, que cumplían un rol importante de amasiato en el régimen del PRI y la sociedad actual, es que en los últimos años la Internet y principalmente las redes sociales plantean una plataforma de comunicación en la que las ideas y los flujos de hiper-información son incesablemente descontrolados.

El México actual es una extraña mezcolanza entre aquella híbrida cultura del que no tranza no avanza, el fallido proyecto de Acción Nacional, la fracción escindida del tricolor que fundara el Partido de la Revolución Democrática (PRD) luego de la caída del sistema en el 86, y las generaciones actuales en los que se incluyen muchos ninis que ven todo como ajeno, esta última generación está simplemente desencantada pasa de participar en la vida política activamente, eso sí son muy críticos desde las redes sociales y desde la sinergia vacía.

Para nadie es un secreto que desde la década de los setentas los mexicanos han tenido que enfrentar varias crisis, una de ellas, la crisis del error de Diciembre; no la peor, fue el desfalco económico que dejó a mediados de los noventas secuelas graves, la crisis de credibilidad resultado de la poca transparencia electoral, los crímenes de Colosio y Ruiz Massieu unido a la bofetada de la guerrilla zapatista al sistema político en el 94 cobran sus cuotas en la actual incapacidad de las nuevas generaciones que no reconocen liderazgos, esta quizá de todas las crisis sea una de las más demoledoras.

El ya no creer en que se pueda hacer algo, también es culpa del fracaso del PAN al frente 12 años de la presidencia, el desencanto por el cambio que llegaría en aquella elección histórica cuando México eligió la salida del PRI de los Pinos y el advenimiento del régimen panista que lejos de plantear soluciones ensombreció más el destino de los mexicanos, otra pesada losa en las espaldas del México actual.

Como estas, han llegado muchas más en muy poco tiempo, el regreso del PRI a la presidencia de la República ha enmarcado la crisis de credibilidad, la escasa participación ciudadana en los procesos cívicos y la convulsa respuesta popular a los escándalos de imagen del presidente Peña Nieto son botones de muestra agregado al retorno de la más acendrada corrupción simbolizada por los casos de la Casa Blanca y otros en los que se ha probado el conflicto de intereses de la clase política y su forma de servirse del poder.

Es altamente probable que vengan otras crisis en medio de las que todavía no se resuelven y que plantean la violencia en su más cruda expresión, los casos de Ayopzinapa, Tlataya y otros en los que pareciera evidente la participación u omisión del poder son sólo aristas de algo más profundo, el oscuro destino de México si no se plantea un cambio verdadero.

Hay algo evidente, la ciudadanía cada día cree menos en que será a través de las urnas cómo se pueda lograr un cambio y esto es un verdadero problema porque poco se puede hacer para devolver al poder ciudadano la capacidad de confiar en un proceso democrático que por naturaleza debiera ser transparente, la frágil democracia en México fragiliza además todo el futuro de lo que otrora fuera un país emblemático en América Latina.

El camino siempre tendrá que ser la construcción de instituciones sólidas a través de la propia participación ciudadana, queda de tarea como sociedad afianzarlas porque en ellas debiera permanecer la fortaleza cívica.

Fortalecer sus instituciones públicas pareciera ser el camino para los mexicanos, ya no pensando en el arquetipo tradicional de liderazgos verticales, los ciudadanos necesitan hacerlo por ellos mismos desde la unidad social, constituyendo un poder subyacente que plantee verdaderos cambios.

A qué instituciones uno puede referirse como emblemáticas de mexicanidad cuando las mismas han tenido que pasar por todas las crisis incluyendo aquellas que se plantearon como estructuras para perpetuar la dictadura perfecta del PRI, son pocas pero existen, y se sostienen precisamente por estar construidas por ciudadanos conscientes, responsables y que en el subyacente cimentan con esos valores un México de instituciones.

Esta es la verdadera riqueza de nuestro país, instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) que en tiempos del rector Javier Barros Sierra supo hacer lo correcto después de encabezar una marcha silenciosa protestando por el cruel actuar de la autoridad mexicana en el genocidio estudiantil en 1968.

Otras instituciones cuyo valor estriba en la gente que la ha construido, mexicanos responsables y ejemplares que no llegan a figurar en la agenda de las elecciones, miles de Godinez, Pérez, González que constituyen la masa que rompe el círculo de la corrupción.

¿Cuál debiera ser la estrategia ciudadana? No, no armar campañas en redes sociales ni alimentar Trends Topics en Twitter ni asumir la catarsis como la solución de las problemáticas estructurales, los ciudadanos deben dar el siguiente paso, asumir que la guerra es en contra de nosotros mismos, romper paradigmas.

El poder ciudadano debería pugnar por la apropiación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) e integrarla como órgano garante de un respeto a los principios fundamentales, los ciudadanos deberían participar en cada uno de los asuntos de estos basamentos, convertirlos en instituciones ciudadanizadas capaces de hacer temblar a aquellos que se atrevan a violentar los Derechos Humanos.

Los ciudadanos debieran ir por más, por el Instituto Nacional de Elecciones (INE), debieran constituir organizaciones no Gubernamentales, vigilar las votaciones, y promover a verdaderos consejeros ciudadanos que dediquen su vida a transparentar y dignificar una institución cuyo valor principal es el de validar la decisión más importante de un pueblo como lo es el de elegir autoridades.

La única forma de modificar el futuro de nuestro país es cambiando de actitud desde las instituciones, desde las universidades públicas, desde los institutos autónomos, desde la junta de vecinos, desde la responsabilidad del trabajo en equipo, desde la construcción de conciencia.

La pócima para desterrar la corrupción en nuestra cultura es la educación en toda su extensión de idea, los ciudadanos deben dejar el sillón y organizarse en grupos de actividad social que distraigan menos su inversión de tiempo en la política y se concentre más en la acción.

Como padres de familia mucho se hace participando en ejercicios concentrados en el bien común, esta forma de activismo también es una estrategia educativa para preparar a nuestros hijos a los que estamos heredando el futuro, salir a pintar los parques, barrer las plazas, abandonar aquella actitud condescendiente y asumir un rol preponderante, es necesario, casi vital hacerlo, ahora mismo en cuanto antes.

Los que nos desempeñamos en instituciones públicas, los docentes, los periodistas, los comunicadores debemos ser conscientes de la importancia de nuestro sitio en la historia del presente, constituir responsablemente ciudadanía, formar con ejemplos al futuro de nuestro país, pareciera que es la única solución para salir del agujero en el que se encuentra México.

Las instituciones son las que trascienden y en este país de grandes civilizaciones hay algunas que tenemos que rescatar del desastre.

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